Gray Krause

Hoy mi padre me castigó; es un viejo desquiciado, se la pasa de paranoico diciéndome que soy muy descuidada y que en cualquier momento me va  a pasar algo, en realidad pienso que exagera un poco las cosas, creo que soy algo grande como para saber lo que hago, en fin,  el desgraciado me puso a limpiar el ático, es lo que más detesto en la vida y me pone a hacerlo, y en domingo, se supone que ese es día de descanso; afuera  está nublado y comienza a chispear.
 Me entretuve moviendo unas cajas, eran pesadas y de cartón, llenas de papeles viejos que hacía años nadie movía de la casa, después de tanto acomodar y tirar cosas a la basura, en la esquina del ático había una pequeña caja de madera, tenía un candado con ojos esculpidos, me pareció muy gracioso, nunca en mi vida había visto uno así. Me decidí por abrir la dichosa caja, estaba muy húmeda, parecía que tenía mucho tiempo ahí guardado, tanto era el tiempo que tenía ahí que casi tuve que arrancarla del suelo, que la tenía como encarnada, semejante a un  lunar en la piel, cuando la tuve en mis manos parecía más pesada de lo normal, y seguí. Intenté abrirla con las herramientas de papá, pero no pude así que la llevé a mi habitación para seguir con la misión escandalosa que mi mente me había propuesto a forma de reto, y vaya que me lo tomé en serio, y durante la noche, no sé de qué forma, no tengo claro ni puedo asegurar el cómo logré abrir la caja, pues el candado estaba roto, y la maldita vigilia en la que me encontraba cuando lo logré no me dejaba recordar con claridad la gran hazaña que había logrado. Era de madrugada, levanté la tapa de la caja y en su interior tenía una bitácora, la portada estaba toda tallada, arruinada por el paso de los años, abrí el descuidado libro, las primera dos hojas estaba arrancadas, parecía que escribieron algo y se arrepintieron de su contenido, comencé a leer las páginas siguientes; la tinta con la que había sido escritas era muy fina y clara, parecía ser de unos de esos bolígrafos que venden en la tiendas a precios muy altos, me detuve en el desarrollo de mi avanzada investigación sobre precios de bolígrafos , y empecé a leer en serio, decía:
20/08/61
Hace unos días estaba bien en mi casa, ¿por qué tuvimos que salir a hacer de las nuestras en este preciso momento? Viajamos de una ciudad a otra sólo para estar de fiesta, queríamos celebrar el cumpleaños de Andy, y ahora no podemos regresar a nuestra ciudad porque los militares no nos permiten pasar, estoy algo enfadado, conmigo mismo, pues es mi culpa, yo les obligué a venir hasta acá y ahora estamos en Schwering sin dinero, no trajimos comida para tantos días, tengo el auto de mi padre, me va a matar, estamos atrapados, trataremos de regresar por otro lado, hemos escuchado que aún se puede pasar por otros lugares.
23/08/61
Nos hemos perdido en nuestro intento por regresar a casa, no tenemos ningún mapa de la zona, el combustible se nos ha agotado, Andy está enfermo, Melanie está muy preocupada y yo ya no sé qué hacer, parece ser que hay un pequeño poblado unos kilómetros adelante, trataremos de llegar hasta allá caminando, espero y mi amigo llegue con bien. No sé qué estamos haciendo, sólo estamos siendo guiados, a un lugar que no sabemos si haya gente, por una mancha de humo en el cielo, sólo espero y tener razón en seguirla, nadie pasa por aquí.
24/08/61
La noche de ayer llegamos al pueblo que predije que estaba aquí, resultó llamarse Gray Krause, y hay muy pocas personas viviendo aquí, hay  una pequeña familia que son los Auschwitz, de ellos están el padre que se llama Arthur, la niña pequeña, Sara y Anee quien es la mayor, de siete y doce años de edad; también viven aquí Víctor Vorgimbler y su esposa Margaret, quien está en cinta. La dama en cinta se encargó de darnos asilo, nos dio de cenar y nos contó la historia de cómo ella y su marido habían llegado a Gray Krause.
Seguí leyendo, las demás páginas no parecían haberle tomado importancia a la fecha, pues le habían puesto  tanto empeño a los detalles en la descripción de los hechos que la fecha fue lo de menos. La noche entera me la mantuve con los ojos pegados al libro ese, narraba fragmentos de los días que habían pasado en Gray Krause, pero tenía muchas hojas arrancadas de golpe, como si alguien no quisiera que nadie leyera lo que había sido escrito, sólo cosas normales y que parecían no tener sentido, en unas partes hablaba sobre un día de comida con los habitantes y en una última página narraba cosas que parecían locura, cosas absurdas.
Era la madrugada del lunes, y mis ojos permanecían atados a las páginas de lo que la tarde del día anterior había encontrado en el ático, la lluvia era muy fuerte; mi desesperación por saber lo que había ocurrido, encendió un deseo de averiguar todo lo que se pudiera. Se escuchaba el cielo tronar, las ramas del árbol que se encontraba frente a mi habitación golpeaban mi ventana, en la azotea los gatos caminaban muy rápido, había mucho ruido, y en un relámpago que iluminó mi cuarto entero apreció una sombra en mi puerta, era el abuelo que me había metido un susto de muerte, le grité con un enfado tremendo por hacerme esas sorpresitas a mitad de la noche, y él sólo me miraba a los ojos, asustaba, y le pregunté qué era lo que le ocurría, y con una risa sarcástica, con un toque psicótico y enfermo, apuntaba la caja diciendo: —Hace tiempo que no sabía nada de esa cosa, ahora recuerdo ese enfermo viaje, malditas drogas que tu padre me da, no funcionan cuando uno sabe lo que ha pasado en verdad­— le miré con sorpresa y le arrojé el libro—.¿ No quieres que tu abuelo te cuente su juventud?—. para otro día, fue lo que le dije, pero el viejo insistió tanto que cedí. El libro me lo arrojó como yo a él, a la cara, su tono de voz cambió, y su mirada se tornó gris, nublada por el recuerdo—. ¿Leíste todo eso de ahí?— sí, respondí, y comenzó a hablar:
—Si mi memoria no me falla, cuando la esposa de Víctor Vorgimbler nos preparaba la cena, su esposo temblaba de frío en la sala, sentado en el sofá, ojeroso, preocupado por algo que sólo él sabía que ocurría; se comía las uñas de las manos, sus dedos era un asco, me daban náuseas el ver esa imagen, parecía como loco, sentado en el sofá aplastado como por una gran velocidad a su asiento y encarando con las uñas a la tela del asiento, algo así como un gato. Margaret, al término de la cena, llevó a Andy a la única habitación que tenían en la casa, y le atendió, le dio té caliente, lo cubrió con mantas, y en su frente puso un trapito húmedo. De un instante a otro el señor Víctor Vorgimbler había desaparecido de la vista de todos los presentes, la puerta principal estaba abierta, pero no desprendió ni una sola especie de ruido que nos alarmara. Melanie caminó hasta la puerta, y miró como el hombre estaba corriendo a la casa de los 
Auschwitz , que estaba a escasos 200 metros de la propiedad en la que se encontraban. Margaret apretó la mano de mi amigo, daba señal de saber qué era lo que ocurría, Melanie se atrevió a preguntar el hecho de tan rara escena, la primera sólo respondió que era algo cotidiano y muy normal, nos pidió que nos tranquilizáramos sentándonos a los dos en la sala, cerró la puerta, cogió una manta y tapó a Andy, luego de terminar con eso nos golpeó con no sé qué cosa y caímos desmayados al instante.
Despertamos, estaba oscuro, no sabía si había pasado a penas un rato y seguís oscuro, o si ya era otro sía, estaba totalmente desorientado, estaba yo en un cuarto muy tenebroso, pinturas en la pared, de artistas desconocidos, el cubrecama de la habitación parecía no haber sido lavado en meses, olía horrible y Melanie se me estaba volviendo loquita, ella no tenía ni loa menor idea de qué era lo que pasaba, ni yo lo sabía, discutimos mucho tiempo, tanto que no nos percatamos de que la puerta estaba abierta, salimos.
A la izquierda de la habitación aparecía un pasillo, caminos a través de él, miramos escaleras, bajamos, luego, casi a gatas y sin tener la voluntad de hacer ruido, tropiezo con un jarrón, ¡y se cae! luego de eso, un rayo de iluminación alumbró la habitación, estábamos en una sala, había un hombre en la puerta y detrás de él una niña, era tenebrosa la escena porque enseguida de verlos ahí con tan semejante terror, un gritó llenó la casa en la que nos encontrábamos, dejándonos casi sordos, Melanie lloraba. El hombre sostenía, en sus manos, un cuchillo, la niña se escondía a sus espaldas y en eso fue cuando un segundo grito ensordeció al sujeto, haciéndolo caer a los pies de la niña, ella gritaba llorando, el hombre se levantó y apuntándonos con su arma nos dijo:

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